Escaño abierto

4-Dec-2018

 

Lo que no dijo el presidente López Obrador

 

Arturo Zamora Jiménez[i]

 

Los discursos de Andrés Manuel López Obrador al asumir la presidencia de la República ante el Congreso de la Unión, y luego en el Zócalo, despertaron gran entusiasmo entre sus simpatizantes, escepticismo y críticas entre numerosos analistas y desconfianza y preocupación entre líderes sociales y actores políticos del más diverso signo ideológico.

 

Lo primero que resalta para cualquier escucha atento a dichos mensajes y familiarizado con su emisor, es el notable cambio de actitud, tono e intencionalidad de sus palabras, que suenan ahora a sermón. Cada párrafo fue rematado con un énfasis de amonestación y celebrado con un dejo de revancha ajeno a una voluntad de concordia y reconciliación.

 

Los discursos fueron polarizantes, pues no hubo en ellos cabida para un llamado a la unidad y, menos, una visión equilibrada y ecuánime de la realidad, un diagnóstico mesurado y objetivo de los procesos políticos, sociales y económicos de los últimos treinta y cinco años.

 

En estas décadas, el presidente López Obrador fijó el periodo de la ruina nacional, marcada por el advenimiento del neoliberalismo: la bestia negra del señor presidente, el adversario que concita toda su animosidad, causa y efecto de nuestros males: corrupción, pobreza, inseguridad, desigualdad, impunidad y violencia. Así perfila el que será su enemigo y la justificación de lo que no pueda cumplir: el neoliberalismo y sus secuelas.

 

Detrás de tal simplificación maniquea no hubo un diagnóstico, ya no digamos riguroso, sino mínimamente objetivo que sostenga tal interpretación de la historia reciente y menos un planteamiento coherente que defina el nuevo modelo económico o el cambio de régimen político que propone.

 

En cambio, tenemos una receta inquietante que hace pensar que López Obrador será el primer líder polìtico en el mundo que reformará el modelo de desarrollo implantado en la mayoría de los países desarrollados, sin aumentar impuestos (sólo en igual medida que la inflación) ni implantar otras medidas de redistribución de la riqueza que no sea repartir apoyos directos y créditos sin intereses a millones de sujetos de los nuevos programas sociales.

 

Por ello resulta tan cuestionable e inverosímil el proyecto de gobierno del señor presidente de la República.

 

Por ejemplo, presentó un diagnóstico de la industria petrolífera sesgado y equivocado, y que no puede más que llevar a soluciones erróneas. Es incongruente por igual obligarse en sus compromisos (91 y 92) a contar “en los hechos” (sic) con una Fiscalía General autónoma, cuando ha operado en sentido contrario en el Congreso y no ha mostrado el respeto debido al Poder Judicial.

 

Ante el pleno del Congreso y de cara a la nación, se animó a decir que “no va a reelegirse”, como si estuviese permitido, pero los suyos lo celebraron percutiendo los tambores de guerra. 

 

Entre lo mucho que dijo el presidente, inquieta lo que no dijo. Ni una palabra sobre la inminente crisis del sistema de pensiones, un asunto central en el futuro de millones de trabajadores. Nada sobre el crimen organizado. Enunciar 100 compromisos le tomó 3,600 palabras, muchas, salvo dos: derechos humanos.

 

Más grave aún es la ausencia de una visión de Estado, pues omitió referirse a los otros poderes de la Unión y a su autonomía e independencia, al respeto al pacto federal y a la autonomía municipal, así como a los órganos autónomos del Estado.

 

Es este el hombre verdadero que hoy ejerce el Poder Ejecutivo: alguien que no cree en las instituciones, sino en el él y nadie más.  Quien confía en su misión salvadora y desprecia a sus críticos, los conservadores y corruptos. El Mesías Tropical ha venido a nosotros.

 

 

 

 

[i] Secretario general del CEN del PRI.

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