Discurso de odio y holocausto nazi



Por Armando Maya Castro


Este 27 de enero se recordó el capítulo más sangriento conocido por la humanidad: el holocausto nazi, que llevó a la muerte a casi seis millones de judíos europeos a manos del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial.


El 1 de noviembre de 2005, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 60/7, en la que estableció el 27 de enero de cada año como Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, esto porque el 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas hicieron su arribo a los campos de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau para liberar a los prisioneros sobrevivientes.


La pretensión de la conmemoración del día de ayer es insistir en el compromiso de los países miembros de la comunidad internacional en relación con el combate contra el racismo y el antisemitismo, males que llevaron a Hitler a legitimar a sus discípulos para ensanchar y endurecer el odio que segó la vida de tantos seres humanos.


Podrá decir alguno que lo ocurrido en la Alemania Nazi es historia, y es verdad, pero una historia que ni debe olvidarse ni repetirse. El olvido, cualquiera que sea, es grave, porque “el que no conoce su historia está condenado a repetirla”.


Tenemos que recordar que las criminales acciones de los nazis comenzaron siendo discurso, un discurso que atribuía a los judíos la supuesta determinación e interés de dominar el mundo de ese tiempo. Antes de que los campos de concentración y los hornos de exterminio fueran entornos de masacres indescriptibles, de los labios de Hitler y de los nazis sólo salían expresiones de odio contra el pueblo judío. No olvidemos que la mayoría de los discursos del Führer terminaban con la frase: “No hay más que resistencia y odio, odio y más odio”. Era claro: a los nazis los movía el instinto del odio y de la segregación.


Del discurso de odio se transitó a lamentables acciones discriminatorias: a los judíos se les prohibió terminantemente el acceso a parques públicos y museos, así como utilizar transportes públicos y comprar libros o periódicos. Robert K. Wittman y David Kinney, en su libro El diario del diablo, refieren que "según fue pasando el tiempo, no se les permitió comprar carne, ni pescado, ni mantequilla, ni huevos, ni fruta, ni café, ni alcohol, ni tabaco con sus cartillas de racionamiento. Tenían prohibido comprar zapatos, jabón o leña.”


Para comprender la magnitud del odio que los nazis sentían hacia los judíos, veamos el siguiente dato: “de los 760 mil judíos que residían en la Gran Alemania a principios de 1941 sólo quedaron, a fines del mismo año, 250 mil…”.


Es triste ver cómo esta historia se repite actualmente en redes sociales, donde el discurso de odio es una constante contra algunas minorías religiosas. Este discurso procede siempre de mentes intolerantes, incapaces de respetar a personas y familias que tienen derecho a profesar la fe de su agrado, tal como establece el artículo 24 constitucional.


Cuando se denuncian estos excesos y el daño que ocasionan al nombre y honor de las personas, el intolerante invoca de inmediato la libertad de expresión, un principio consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en las constituciones de los países democráticos, no para realizar actos de intolerancia en contra de quienes son o creen de forma diferente a él, sino para ejercer responsablemente dicha libertad.


Siempre he dicho que el problema no es la libertad de expresión, sino el mal uso que hacen de ella los individuos que utilizan las redes sociales para acosar, insultar, calumniar y amenazar a las personas e instituciones que realizan su trabajo en conformidad con las leyes que nos rigen.


Si queremos evitar que el discurso de odio prospere y se convierta posteriormente en crímenes de odio, como sucedió por desgracia en la Alemania Nazi, los legisladores de México deben pensar en la creación de leyes capaces de evitar la intolerancia en redes sociales, en donde abundan las personas que, sin ética alguna, siembran la semilla de la violencia desde sus falsos perfiles, creados no para comunicar sino para delinquir.


Tenemos también otro problema: la existencia de periodistas que en lugar de investigar los hechos como marca el librito, se nutren de la desinformación y de las fake news que circulan en redes sociales, prescindiendo de la ética a la hora de construir sus noticias. Por ello, algunos de sus textos suelen caer en la exageración y el sensacionalismo, resultado de violentar las normas deontológicas que todo profesional de la información debería respetar.

Twitter: @armayacastro

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